domingo, 19 de enero de 2014

LA CONFESIÓN

Por Damián Javier Lazota
Es ahora o nunca. Pasaron más de diez años y tal vez como en la justicia, en el amor la infidelidad tenga fecha de caducidad y prescriba.

Toda mi vida había soñado con ese momento. Me preguntaba cómo sería aquel día tan esperado, ansiado, deseado, hasta que llegó... cuatro o tres meses antes se venía gestando y cada día que pasaba percibía que estaba muy cerca de cumplirse.

Fue así que cuando el país se derrumbaba, a pesar de todo, mi amor por él seguía firme. Era un día gris y la lluvia servía para borrar mi rastro y no dejar en el camino huellas que pudieran delatarme.

Menos de dos horas fueron suficientes para consumar la infidelidad. Las emociones que imaginaba tiempo atrás, las lágrimas, la euforia, nada de eso se había dado. Me sentía un hereje. Un apasionado hereje. Había traicionado esos sentimientos que sólo tienen aquellos que aman como amo yo. Y no por sentirme atraído por otro, menos por el vecino de enfrente. Eso sería más que traición, sería la muerte misma. Era con él o con nadie.

Es difícil explicarlo, pero desde un principio sentí que todo era una farsa, que si bien lo quería no era la forma en que lo había soñado. Poco más de un año después dejé de verlo en su fiesta, que era la mía también. No podía seguir con una relación que contradecía mi propio ser, mis principios.

El tiempo pasó, y afortunadamente todo tiene un final. Te pido perdón academia, desde que volviste a ser quien eras, con tus virtudes y falencias, me volví a enamorar de vos. Ya no están los que te hicieron tanto mal, aquellos tampoco, están otros que no son la panacea pero te dieron la oportunidad de volver a ser del pueblo racinguista y no un frío número.

El Racing Club llenó vacíos imposibles de llenar en mi vida. Lo sé, suena frívolo. Pero no lo es.

No sé cuando será el día del esperado campeonato, es lo de menos, pero si se da, la emoción va a ser de alegría y compartida con mi hijo.