domingo, 9 de febrero de 2014

TU BASURA, ¿MI BASURA?

Por Damián Javier Lazota
Un sobre de queso rayado sin queso, restos de un pañal deshilachado, algunas faltas ortográficas en una hoja de cuaderno, una larga tira de papel higiénico usado -que derroche de papel-, todo dentro del patio de la casa donde vivo. El paisaje es deprimente e invita a la ira. Los vientos patagónicos se asocian con los residuos en una danza que estimula lo peor de mi ser.

Mientras tanto, una bolsa de cemento, por esas cuestiones de la física no tuvo otra opción que quedar al otro lado de las rejas. No quieran imaginar como lo disfruté. “Andá con tu dueño” le dije, pero ésta insistía en entrar. Casi la pateo, pero temí ser mal visto. Aunque mis deseos estaban latentes.

Se sabe que la basura es un indicador social de la calidad de vida de la población en cuestión. Y aunque en este caso evitaré analizar a mis vecinos o la basura de estos, debo admitir que no es nada agradable ser el receptor de los desperdicios de otros. En especial cuando uno se toma el trabajo de separar lo orgánico de lo inorgánico y depositar las bolsas de residuos en lugar y hora estipulada.

La bolsa de cemento sigue ahí, al acecho de un descuido que le permita entrar a la casa.

Siempre me pregunto; ¿qué le pasa a la sociedad que reclama hacia fuera lo que no es capaz de resolver en el perímetro de una casa? Porque si no podemos evitar cuestiones tan mínimas como cuidar que los perros y/o gatos destruyan la basura que generamos o qué hacer con ésta, algo anda mal.

Inevitablemente debemos hacer un mea culpa como conjunto social que somos, donde este es sólo uno de los temas que nos compete. La lista es larga. Larguísima.

La bolsa de cemento no se va, se empecina en querer ser parte del desolador paisaje. El viento deja de soplar, señal que ahí quedará.

Otro tema son los desperdicios que dejan las mascotas en las calles o incluso en casas ajenas. No parece ser tan complejo hacernos cargo de algo tan insignificante como la mierda de perros ávidos por dejar su huella. Una bolsita de nylon se presenta como la solución a este problema.

Para quienes caminamos mirando nuestro alrededor es todo un tema. No se puede disfrutar del paisaje, debemos estar atentos a no pisar lo que indudablemente lejos de traernos suerte nos hará maldecir a ese perro, no a otro, y a la perra que lo parió. Pero no pretendo entrar en arteras groserías. Tómese estas palabras como una vulgar catarsis.

Una recomendación, a la tierra lo que es de la tierra y a la bolsa lo que no podemos reciclar. El cartón y las botellas de vidrio o plástico para los recicladores. Y si tenemos mascotas, siempre salir con bolsitas de nylon para que ningún niño o vecino se tenga que hacer cargo de los desperdicios de otros. La basura que generamos fuera de casa, si no encontramos tachos a nuestro alcance, el bolsillo, la cartera o la mochila pueden ser un buen lugar para mantener por unos minutos lo que no tenemos posibilidad de tirar en el momento.

Una sociedad que se hace cargo de la basura que genera está dando signos de crecimiento y un mensaje directo a quienes gobiernan. Por nuestra salud y la del ambiente debemos exigir a los distintos poderes un tratamiento racional de la basura que producimos.

La bolsa de cemento ya no estaba donde quedó, tal parece percibió que estaba dispuesto a recoger la basura de otros para arrojarla a la bolsa del olvido y eligió otro destino, la de ser fugitiva.