domingo, 9 de marzo de 2014

TODAS MIS MUJERES

Por Damián Javier Lazota
Mujeres de bronce sin bronce existen a montones... a ellas mi respeto. Mujeres de hierro afortunadamente muy pocas... a ellas me enfrento. Mujeres de vida son un universo... a ellas venero.

En el año que Francisco Franco era ascendido a Capitán -a 24 años de convertirse en dictador-, en la España de 1915 nace en Orense -Galicia-, Lucinda. De familia campesina, no importa la estación del año, siempre hacen falta brazos para trabajar la tierra. Desde muy niña conoció el esforzado trabajo de campo. En la España de entonces, las niñas también trabajaban. Jugar era cosa de otros.

Nació en una época donde ser mujer y niña era motivo suficiente para vivir con derechos mutilados. Mientras nacer varón habilitaba a los niños ir a la escuela, ellas sólo conocían el derecho a educarse cuando llovía o el clima era muy adverso para trabajar la tierra. Con sólo 15 años, semianalfabeta, tuvo la iniciativa de cruzar el Atlántico para encontrarse con su hermana en la América de los sueños y conseguir trabajo para enviar dinero a su familia. Con documento adulterado se despide de su terruño con destino a Argentina.

Fueron años difíciles en la Argentina de la década infame donde esa niña con sueños tardaría más de 60 años en regresar a la tierra que la vio nacer.

Podría ser una historia de tantas, pero no, es la de mi abuela, quien 17 años después de su llegada a Buenos Aires daría a luz a su primera hija, Ana María, mi madre.

Ana nació en 1947, el año en que se aprobaba la ley que le permitía votar a las mujeres. Al igual que sus hermanas, -mis tías-, pudo gozar de los derechos que no tuvo su madre. En la escuela se hizo de los conocimientos necesarios que le dio a Lucinda la posibilidad de comunicarse por cartas con sus padres, hermanos y hermanas.

La generación de Ana pudo terminar la escuela primaria e incluso comenzar la secundaria, pero se sintió con la obligación de trabajar para colaborar con algunos pesos -dinero-, en la casa.
Inés, su prima logró ser la primera universitaria graduada de su generación en la familia.

La generación de mi madre me dio una hermana y primas con mayores derechos que los que tuvieron sus pares. Más universitarias graduadas y mejor alimentadas y los bienes de consumo que hacen que la vida sea más placentera.

Paula, la compañera de vida que me acompaña desde hace algunos años, también de la generación de mis primas mayores, al igual que la mayoría de ellas logró formarse en la universidad como profesional y ser humano.

Desde 1915 a la actualidad la mujer sumó derechos que la sociedad machista fue cediendo y/o reconociendo en la necesidad de igualación de oportunidades.

El día internacional de la mujer, que se debe a las mujeres trabajadoras muertas en un incendio provocado por la patronal de la fábrica textil “Triangle Shirtwaist de Nueva York” es en conmemoración de esas grandes luchadoras, muchas de ellas socialistas. De nosotros depende tomar esa fecha para construir más igualdad o desvirtuarlo en pos del consumismo desenfrenado.

Quiero terminar este artículo con una reflexión del Dr. Alfredo Grande que refleja el pensamiento de quien suscribe:

No festejamos un día. Homenajeamos en un día las luchas de décadas por la emancipación de las mujeres que combaten al patriarcado sin resignarse a las sobras de ningún banquete.